Ellas también firman la ciudad: la revolución femenina del arte urbano en España
Photo: DiegoHiroshiNegreteHazama, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
El muro siempre habló, pero durante mucho tiempo lo hizo con una sola voz. Si recorrías las calles de Madrid, Barcelona o Valencia a principios de los 2000, las firmas gigantes, los throw-ups y los murales llevaban, casi siempre, nombres de hombre. Ellas existían, claro. Pintaban de madrugada, compartían botes, aguantaban el doble de escrutinio. Pero eran minoría en un territorio que se repartía como una acera masculina.
Eso, por suerte, ya no es así. Y quien haya pasado por el Muro de Luarca, por los muros de Fanzara o por el festival de Asalto en Logroño lo habrá comprobado a simple vista: las mujeres están pintando más, más grande y con más presencia que nunca.
De la madrugada al andamio
Muchas de las artistas urbanas más reconocidas del país empezaron igual que sus compañeros: con un rotulador, una pared y mucho pulso. La diferencia era el contexto. «Cuando llegabas a un descampado y eras la única tía, tenías que demostrar el doble», cuentan varias de ellas en los círculos del grafiti peninsular. La calle, esa supuesta libertad sin reglas, tenía sus propias jerarquías no escritas.
El salto hacia el muralismo a gran escala fue, en muchos casos, una vía de escape y de afirmación. Las grúas y los andamios de los festivales ofrecían algo que el callejón nocturno no daba: legitimidad, visibilidad y un público que no juzgaba el género antes que la obra. Artistas como Spok, Fin Dac (con raíces irlandesas pero con una huella enorme en el Estado) o las más jóvenes que hoy llenan los festivales de Galicia y Andalucía han convertido la fachada de ocho plantas en su lienzo natural.
Colectivos que retuercen la escena
Si algo ha acelerado el cambio no han sido solo las artistas individualmente, sino la red que han tejido entre ellas. Proyectos como las jornadas de pintura organizadas por colectivos femeninos en Madrid, Sevilla o Bilbao han funcionado como escuelas informales: se aprende a manejar la pistola de pintura, a negociar con el ayuntamiento, a cotizar un mural.
Estos colectivos cumplen una función doble. Por un lado, dan espacio de entrenamiento sin la mirada condescendiente de siempre. Por otro, hacen trabajo de memoria: documentan a las pioneras que pintaban en los 90 y que casi nadie citaba. Porque el problema nunca fue la falta de mujeres en el muro, sino la falta de mujeres en el relato.
El reconocimiento que llega tarde
Aquí está el debate incómodo. Los festivales contratan cada vez a más artistas, sí, pero los presupuestos más jugosos y las sedes institucionales siguen concentrados en nombres masculinos. Que en las últimas ediciones de certámenes como Mis Latas en Valencia o el propio Asalto haya habido carteleras más equilibradas no borra décadas de reparto desigual.
Algunas artistas abogan por cuotas y por visibilidad explícita en las convocatorias públicas. Otras desconfían de que la paridad llegue por decreto y prefieren construir circuitos propios: murales encargados por vecinas, colaboraciones con asociaciones de barrio, encargos que nacen de la comunidad y no de la agenda de un gestor cultural.
Las dos posturas coinciden en algo: el problema no es de talento, que sobra, sino de acceso a los medios. Una pared grande cuesta dinero, permisos y seguro de responsabilidad civil. Quien tiene contactos en el área de cultura del ayuntamiento pinta la fachada del polideportivo; quien no, sigue en la persiana del descampado.
Lo que hay en el muro ahora
Lo interesante del momento actual es que las nuevas generaciones no están pintando «como mujeres», sino pintando de todo: tipografía salvaje, figuración política, abstracción cromática, post-graffiti con cal. La pregunta ya no es si una artista puede con un muro de veinte metros, sino qué cuenta ahí arriba. Y las respuestas van desde la memoria de los barrios hasta el ecofeminismo, pasando por homenajes a abuelas que criaron pueblos enteros.
En Arte Rupestre llevamos años defendiendo que la ciudad es un cuaderno colectivo. Si la mitad de sus autoras empieza por fin a firmar con su nombre completo —y a cobrar lo que corresponde—, el muro hablará, por primera vez, con todas sus voces.
La próxima vez que pases frente a un mural enorme, fíjate en la firma. Cada vez más a menudo, verás un nombre de mujer. Y no será una novedad: será la norma.